1 de octubre de 2007

Los arroyos ya no brillan

Ya la bulla era apabullante. A pesar de lo llamativamente lluvioso de esa tarde, millones de personas habían llegado allí para verlo. Solo sus allegados sabían su apellido, el resto lo llamaba por su apodo: “Yeryuvey”. Se sabia que no era un yugoslavo cualquiera. Era el único yugoslavo cazador de ballenas de arroyo.

Cuando subió a la tarima y se sentó en la mullida silla forrada en yute, la bulla cesó. Su presencia era llamativa. Anillos de marfil que le llegaban a los nudillos, un medallón abollado que reposaba en su pecho velludo, cabellos que destellaban reflejos amarillos y una tez color arcilla digna de sus días bajo el sol, eran sello de su ya renombrada profesión.

"He venido aquí, antes de partir hacia los mares de Cancaya y Veyonga para contarles como cacé a la gran Aaya, la ballena de arroyo mas bella de todo el continente –calló por un segundo y prosiguió-. Fue una dura batalla. Una ballena de medio millón de yardas no se caza todos los días. Claro que estábamos preparados, éramos un batallón armado de cuchillos y ballestas. Esta vez no se nos podía escapar. Era un día lluvioso como el de hoy. A decir verdad, mas lluvioso todavía. Los rayos y torbellinos hacían poco llevadera la marcha. Habíamos estado caminando por días y a esa altura ya teníamos los pies ampollados y las manos astilladas y llenas de yagas. La situación era completamente desfavorable. La lluvia hacia crecer los arroyos lo que nos complicaba encontrar a la ballena. Hasta nos pellizcábamos pensando que todo era una pesadilla. De repente la lluvia cesó. Y allá a lo lejos, sobre la llanura, la pudimos ver. Fuimos corriendo, armados de cuchillos y ballestas. Llegamos. No lo podíamos creer. Era Aaya, la ballena mas bella del continente yaciendo en la orilla del arroyo".

El público seguía atentamente el relato. Creyendo que venia la acción empezó a pedirle a Yeryuvey que no se detuviera. "Allí estábamos, Aaya la ballena, todo el batallón y yo. Pero ella estaba rara. No era como todos la recordábamos. Estaba triste. Así que llame al batallón y le pedí que se llevara los cuchillos y las ballestas y me dejaran solo con ella. Me arrodillé a su lado y le pregunte ‘¿Que te pasa Aaya?’ y casi llorando ella me contestó ‘Yo no quiero ser Aaya la ballena de arroyo mas bella del continente que fue cazada por Yeryubey. Quiero ser la que nada por los arroyos, la que nunca fue atrapada por el gran cazador de ballenas de arroyo. Ya soy la última, ya no quedan más. Todas se fueron a los mares de Cancaya y Veyonga. ¿Qué será de ti? Un cazador sin presa. Déjame ir’.

Claramente no iba a ser conmovido por el lloriqueo de una ballena y fue allí cuando aproveché. Saqué un cuchillo de mi bolsillo y atravesé su pellejo cortándole la yugular".

Toda la gente allí reunida empezó a gritar y a alabarlo. Yeryuvey se había convertido definitivamente en el orgullo nacional.

2 comentarios:

SrKaito dijo...

Si no tuviera tacto como el señor de abajo que no tiene tacto diría: tiene algo que ver esto con tu reciente vida amorosa?

SrKaito dijo...

Ah, y lo bien que hiciste en el final.. una historia no es buena si el personaje que nos genera simpatía no muere al final. Posta.